Cerré la puerta despacio, sin hacer ruido -después de tanto tiempo, medir el hueco exacto que formaba el quicio respecto a la línea última del borde no fue lo más complejo-. Me dirigí, a toda prisa, por la carta; la única carta que había dejado sobre la mesilla aquella noche, justo al lado del peine del abuelo que, para entonces, sólo conservaba tres míseras púas. La agarré, como si de un relicario se tratase, y corrí hasta encontrarme de nuevo en la entrada. Tembloroso la abrí y, al fin, lo entendí todo: “sólo estuve aquí para dejar el sobre”.
Si, por motivos espaciales, no puede conseguir su ejemplar, escriba a maralcram1@gmail.com y solicite uno. El precio total es de 10 euros más gastos de envío.
miércoles 30 de septiembre de 2009
sábado 19 de septiembre de 2009
Este otro yo
No es más que yo
Ni llega a él.
Esta mitad.
Este leal o detractor…
¿Es algo más
O algo peor
De lo que fui?
No es más que yo
Ni llega a él.
Esta mitad.
Este leal o detractor…
¿Es algo más
O algo peor
De lo que fui?
lunes 29 de junio de 2009

Hoy es mi cumpleaños y, por tanto, algo muy mío...
No hay por qué, amigo,
Después de tantos años
De guerras esculpidas
-sin ciertas herramientas
Templando la batalla-,
Rendirse porque obliguen
Ni obviar porque sean ellos
Los únicos que asientan.
No hay por qué, ya digo,
Dejarse hacer a antojo
Ni darles tregua alguna
Si no es para vencerles
Y hacerlos hombres libres…
Lo que hay, no dudes,
Es todo lo que miras y describes,
La vida reclinada en cada patio,
Los sueños…
El verso y cada uno de tus pasos,
La ternura…
El fiel que, como tú, sabe de luchas,
El amo sin disfraces,
El poeta.
Después de tantos años
De guerras esculpidas
-sin ciertas herramientas
Templando la batalla-,
Rendirse porque obliguen
Ni obviar porque sean ellos
Los únicos que asientan.
No hay por qué, ya digo,
Dejarse hacer a antojo
Ni darles tregua alguna
Si no es para vencerles
Y hacerlos hombres libres…
Lo que hay, no dudes,
Es todo lo que miras y describes,
La vida reclinada en cada patio,
Los sueños…
El verso y cada uno de tus pasos,
La ternura…
El fiel que, como tú, sabe de luchas,
El amo sin disfraces,
El poeta.
martes 23 de junio de 2009
FIAMBRE
Aquel día me prometí a mí mismo que nunca más volvería a pisar aquel lugar. ¿Para qué?, me dije entonces. ¿Para qué volver a ver a aquella gente que sólo sabía hablar de lo mismo, noche tras noche? Pero, claro, esa decisión la habían tomado hacía mucho, mucho tiempo –antes, incluso, de que yo los conociese-: comunicarse unos con otros, únicamente, cuando las sombras se acercaban…
Lo cierto es que nunca entendí muy bien sus razones. ¿Qué diferencia había? ¿Era mejor esperar, tener que permanecer callados tantas horas y en esas posturas tan jodidas, -a punto de terminar con cualquier espalda sana- antes que decidirse a abrir la boca cuando más alto lucía el sol ahí fuera? Para ellos, posiblemente sí.
Llegué hasta aquel sitio por simple accidente. La mayoría de los encuentros suceden por azar, ¿no es así? Y, desde entonces, asistí rigurosamente a todas y cada una de sus reuniones. Me explicaron, un par de ellos, que, como norma, había que llevar encima un pequeño cuaderno rojo para tomar algunas notas, un bolígrafo negro y un vaso que solían rellenar, cada media hora, con un líquido apestoso pero absolutamente delicado al roce con el paladar. Esas eran las normas. Ya está.
Puesto que por aquella época, yo, -como dije-, acababa de llegar, no me planteé buscar otro grupo diferente de personas. Simplemente, después de aquellos años anteriores de luchas contra imposibles, no me apetecía lo más mínimo. Punto. ¿Qué tenía de malo pasar el tiempo con gente, en parte desconocida y, en parte, tan llamativa, tan excéntrica a primera vista? Supuse que nada y, claro, supuse mal –como en tantas otras ocasiones-. A medida que pasaban los días aquello se iba volviendo más y más insoportable: las noches cada vez eran más frías, las conversaciones más lejanas e, incluso, los silencios terminaron por volverse, también, intolerables. Así es que, no tuve más remedio, lo prometo. Volví hasta la fosa que me habían asignado, la sellé con argamasa y decidí, más firme que nunca, que ya jamás volvería a escuchar más miserias de aquellos otros que, como yo, sucumbieron, antes de tiempo, al hecho de vivir lejos de las apestosas ciudades. En el campo. Santo.
Lo cierto es que nunca entendí muy bien sus razones. ¿Qué diferencia había? ¿Era mejor esperar, tener que permanecer callados tantas horas y en esas posturas tan jodidas, -a punto de terminar con cualquier espalda sana- antes que decidirse a abrir la boca cuando más alto lucía el sol ahí fuera? Para ellos, posiblemente sí.
Llegué hasta aquel sitio por simple accidente. La mayoría de los encuentros suceden por azar, ¿no es así? Y, desde entonces, asistí rigurosamente a todas y cada una de sus reuniones. Me explicaron, un par de ellos, que, como norma, había que llevar encima un pequeño cuaderno rojo para tomar algunas notas, un bolígrafo negro y un vaso que solían rellenar, cada media hora, con un líquido apestoso pero absolutamente delicado al roce con el paladar. Esas eran las normas. Ya está.
Puesto que por aquella época, yo, -como dije-, acababa de llegar, no me planteé buscar otro grupo diferente de personas. Simplemente, después de aquellos años anteriores de luchas contra imposibles, no me apetecía lo más mínimo. Punto. ¿Qué tenía de malo pasar el tiempo con gente, en parte desconocida y, en parte, tan llamativa, tan excéntrica a primera vista? Supuse que nada y, claro, supuse mal –como en tantas otras ocasiones-. A medida que pasaban los días aquello se iba volviendo más y más insoportable: las noches cada vez eran más frías, las conversaciones más lejanas e, incluso, los silencios terminaron por volverse, también, intolerables. Así es que, no tuve más remedio, lo prometo. Volví hasta la fosa que me habían asignado, la sellé con argamasa y decidí, más firme que nunca, que ya jamás volvería a escuchar más miserias de aquellos otros que, como yo, sucumbieron, antes de tiempo, al hecho de vivir lejos de las apestosas ciudades. En el campo. Santo.
lunes 15 de junio de 2009
domingo 14 de junio de 2009

Más allá de las dos lunas, en la quinta casa preparada para ella por los Individuos, nacía la vida desde confines nunca vistos. Una especie de pradera hecha pedazos o una imagen de algún lago, seco de tanto llanto. Más lejos, el océano. La nulidad o el todo de una especie debatida entre adoración obligada y deseo parido hace siglos. Obviado por el tiempo como cualquier otra cosa, en manos de lo indecible, indescifrable.
En las antípodas de Orfeo, las mujeres andaban semidesnudas, oliendo los troncos de aquellos árboles sin hojas y arrastrando las dos piernas como animales heridos, o fierecillas domadas a base de dar más fuerte, tan fuerte que acaban perdiendo base.
Pájaros sin alas o aviones de papel con pasajeros. Y música. Notas monocordes y cansinas que dotaban al vacío de un peso heterogéneo, diferente según los puntos de vista.
Eurídice sin escapatoria. Apenas dos pensamientos y entendió que nunca más saldría de aquel retiro impuesto. Embadurnada de hastío, famélica de ideas, enfrentada al lado oscuro sin entender siquiera. Una hembra atada a los únicas pesadillas que siempre anduvieron cerca y que, a pesar de ello, no lograron matar su respiro. ¡Cuánta gravedad la del descanso vestido de símiles, dispuestos a entrar de lleno en la realidad! ¡Qué poco humor en los movimientos, los colores, la sucesión de hechos cansados de andar a velocidades de esclavo! ¡Que poca fe en su talento débil, tan cercano al arquetipo y tan lejos, ya, del mundo de los hombres!
La gravedad, a veces, es bastante para enredarnos demasiado y hacernos perder el rumbo, olvidar los compromisos que firmamos en cuanto abrimos la puerta. Un alma menos, dos, tres. La venta y el comercio de secretos, los hitos aspirados por bocas que huelen a un azufre cansado del color mismo. Amarillo desvaído. Hilos que conducen más allá del paraíso, hacía el vergel de esos locos que caminan siempre dando saltos o palmadas en la espalda del de enfrente.
Plutón jamás espera. No consiente degradar sus cometidos a aquellos meros sueños sin posibilidad de roce. ¿Por qué no hablar de lo invisible cuando, constantemente, aparece entre las horas? ¡Tan grande e imposible al mismo tiempo, con tantas pinceladas, tanto brío, tanto deseo en sus tres ojos! Lo invisible es la vehemencia, el delirio, el arrebato. Lo invisible sólo se ve en lo lento. Es la imagen de unas manos que buscan hallar su sitio; en la luz del fondo, detrás de los colores de la esfera que anuncia una pupila viva. Y el roce avanza sin precauciones al fin de la curvatura estrecha que da paso a la palabra.
Plutón y Ella.
Caprichosa castigada por una garra más grande. Quizás, sólo más vieja y más vivida. ¿Abandono?- pensaba ella. Es seguro que, aquel que ama lo que nunca fue, no podrá amar eternamente. Le faltan alas y empuje.
¡Cuán complejo es andar por donde el ser nunca pisa, donde los barros se espesan tanto que atrapan los pies desnudos de los custodios y las cuerdas amplias! Los retiros son como los rezos: efímeros, sin clara perspectiva de futuro, adorados por el hombre débil, cansado de andar consigo mismo de la mano. Los retiros no existen no por no ser buscados sino por ser buscados y emplearlos más allá de su lógica primigenia. ¿Cuál? La cosa desposeída de sí. Renacidas desde el concepto.
Eurídice, y no Orfeo, debía morir para nacer de nuevo. Y la pena volvió a equivocarse de dueño, como tantas otras veces.
En las antípodas de Orfeo, las mujeres andaban semidesnudas, oliendo los troncos de aquellos árboles sin hojas y arrastrando las dos piernas como animales heridos, o fierecillas domadas a base de dar más fuerte, tan fuerte que acaban perdiendo base.
Pájaros sin alas o aviones de papel con pasajeros. Y música. Notas monocordes y cansinas que dotaban al vacío de un peso heterogéneo, diferente según los puntos de vista.
Eurídice sin escapatoria. Apenas dos pensamientos y entendió que nunca más saldría de aquel retiro impuesto. Embadurnada de hastío, famélica de ideas, enfrentada al lado oscuro sin entender siquiera. Una hembra atada a los únicas pesadillas que siempre anduvieron cerca y que, a pesar de ello, no lograron matar su respiro. ¡Cuánta gravedad la del descanso vestido de símiles, dispuestos a entrar de lleno en la realidad! ¡Qué poco humor en los movimientos, los colores, la sucesión de hechos cansados de andar a velocidades de esclavo! ¡Que poca fe en su talento débil, tan cercano al arquetipo y tan lejos, ya, del mundo de los hombres!
La gravedad, a veces, es bastante para enredarnos demasiado y hacernos perder el rumbo, olvidar los compromisos que firmamos en cuanto abrimos la puerta. Un alma menos, dos, tres. La venta y el comercio de secretos, los hitos aspirados por bocas que huelen a un azufre cansado del color mismo. Amarillo desvaído. Hilos que conducen más allá del paraíso, hacía el vergel de esos locos que caminan siempre dando saltos o palmadas en la espalda del de enfrente.
Plutón jamás espera. No consiente degradar sus cometidos a aquellos meros sueños sin posibilidad de roce. ¿Por qué no hablar de lo invisible cuando, constantemente, aparece entre las horas? ¡Tan grande e imposible al mismo tiempo, con tantas pinceladas, tanto brío, tanto deseo en sus tres ojos! Lo invisible es la vehemencia, el delirio, el arrebato. Lo invisible sólo se ve en lo lento. Es la imagen de unas manos que buscan hallar su sitio; en la luz del fondo, detrás de los colores de la esfera que anuncia una pupila viva. Y el roce avanza sin precauciones al fin de la curvatura estrecha que da paso a la palabra.
Plutón y Ella.
Caprichosa castigada por una garra más grande. Quizás, sólo más vieja y más vivida. ¿Abandono?- pensaba ella. Es seguro que, aquel que ama lo que nunca fue, no podrá amar eternamente. Le faltan alas y empuje.
¡Cuán complejo es andar por donde el ser nunca pisa, donde los barros se espesan tanto que atrapan los pies desnudos de los custodios y las cuerdas amplias! Los retiros son como los rezos: efímeros, sin clara perspectiva de futuro, adorados por el hombre débil, cansado de andar consigo mismo de la mano. Los retiros no existen no por no ser buscados sino por ser buscados y emplearlos más allá de su lógica primigenia. ¿Cuál? La cosa desposeída de sí. Renacidas desde el concepto.
Eurídice, y no Orfeo, debía morir para nacer de nuevo. Y la pena volvió a equivocarse de dueño, como tantas otras veces.
martes 12 de mayo de 2009

Aquel día me prometí a mí mismo que nunca más volvería a pisar aquel lugar. ¿Para qué?, me dije entonces. ¿Para qué volver a ver a aquella gente que sólo sabía hablar de lo mismo, noche tras noche? Pero, claro, esa decisión la habían tomado hacía mucho, mucho tiempo –antes, incluso, de que yo los conociese-: comunicarse unos con otros, únicamente, cuando las sombras se acercaban…
Lo cierto es que nunca entendí muy bien sus razones. ¿Qué diferencia había? ¿Era mejor esperar, tener que permanecer callados tantas horas y en esas posturas tan jodidas, -a punto de terminar con cualquier espalda sana- antes que decidirse a abrir la boca cuando más alto lucía el sol ahí fuera? Para ellos, posiblemente sí.
Llegué hasta aquel sitio por simple accidente. La mayoría de los encuentros suceden por azar, ¿no es así? Y, desde entonces, asistí rigurosamente a todas y cada una de sus reuniones. Me explicaron, un par de ellos, que, como norma, había que llevar encima un pequeño cuaderno rojo para tomar algunas notas, un bolígrafo negro y un vaso que solían rellenar, cada media hora, con un líquido apestoso pero absolutamente delicado al roce con el paladar. Esas eran las normas. Ya está.
Puesto que por aquella época, yo, -como dije-, acababa de llegar, no me planteé buscar otro grupo diferente de personas. Simplemente, después de aquellos años anteriores de luchas contra imposibles, no me apetecía lo más mínimo. Punto. ¿Qué tenía de malo pasar el tiempo con gente, en parte desconocida y, en parte, tan llamativa, tan excéntrica a primera vista? Supuse que nada y, claro, supuse mal –como en tantas otras ocasiones-. A medida que pasaban los días aquello se iba volviendo más y más insoportable: las noches cada vez eran más frías, las conversaciones más lejanas e, incluso, los silencios terminaron por volverse, también, intolerables. Así es que, no tuve más remedio, lo prometo. Volví hasta la fosa que me habían asignado, la sellé con argamasa y decidí, más firme que nunca, que ya jamás volvería a escuchar más miserias de aquellos otros que, como yo, sucumbieron, antes de tiempo, al hecho de vivir lejos de las apestosas ciudades. En el campo. Santo.
Lo cierto es que nunca entendí muy bien sus razones. ¿Qué diferencia había? ¿Era mejor esperar, tener que permanecer callados tantas horas y en esas posturas tan jodidas, -a punto de terminar con cualquier espalda sana- antes que decidirse a abrir la boca cuando más alto lucía el sol ahí fuera? Para ellos, posiblemente sí.
Llegué hasta aquel sitio por simple accidente. La mayoría de los encuentros suceden por azar, ¿no es así? Y, desde entonces, asistí rigurosamente a todas y cada una de sus reuniones. Me explicaron, un par de ellos, que, como norma, había que llevar encima un pequeño cuaderno rojo para tomar algunas notas, un bolígrafo negro y un vaso que solían rellenar, cada media hora, con un líquido apestoso pero absolutamente delicado al roce con el paladar. Esas eran las normas. Ya está.
Puesto que por aquella época, yo, -como dije-, acababa de llegar, no me planteé buscar otro grupo diferente de personas. Simplemente, después de aquellos años anteriores de luchas contra imposibles, no me apetecía lo más mínimo. Punto. ¿Qué tenía de malo pasar el tiempo con gente, en parte desconocida y, en parte, tan llamativa, tan excéntrica a primera vista? Supuse que nada y, claro, supuse mal –como en tantas otras ocasiones-. A medida que pasaban los días aquello se iba volviendo más y más insoportable: las noches cada vez eran más frías, las conversaciones más lejanas e, incluso, los silencios terminaron por volverse, también, intolerables. Así es que, no tuve más remedio, lo prometo. Volví hasta la fosa que me habían asignado, la sellé con argamasa y decidí, más firme que nunca, que ya jamás volvería a escuchar más miserias de aquellos otros que, como yo, sucumbieron, antes de tiempo, al hecho de vivir lejos de las apestosas ciudades. En el campo. Santo.
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